Viernes, 01 June 2018 09:57

Una pasión por la eucaristía Destacado

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El Jueves Santo Jesús instituyó el sacramento de la Eucaristía en la Última Cena. Desde el monasterio de clausura del Corpus Christi, en la festividad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Hna. María Alicia Correa cuenta qué supone Jesús Sacramentado para las Monjas Agustinas Recoletas

Para una monja contemplativa, hablar de la eucaristía es decir del centro de una vida consagrada a Dios por Amor, en el Amor y para el Amor. La festividad del Corpus Christi es el tiempo privilegiado para tener presente a Jesús, porque, junto al Jueves Santo, es el momento en el que conmemoramos los tres regalos que Él nos deja; el sacerdocio, la eucaristía y el amor fraterno. Desde el claustro sube la oración de las monjas como el incienso en su presencia escuchando en palabras de san Agustín: “No prepares el paladar, sino el corazón” (sermón 131,1). Dentro de un convento de clausura, hablar de Jesús eucaristía es como hablar del sol en plena primavera, de ese sol que calienta, que hace reverdecer dando colorido a los campos, esmaltándolos de belleza como prolongación de un pálido reflejo de su Creador. Jesús eucaristía en el Corpus Christi se vuelve el pan más rico del cielo hecho cuerpo, sangre, alma y divinidad delante de la monja, de esa su esposa consagrada que también le presenta su cuerpo, sangre, alma y humanidad para que sea elevada y redimida en Él, por Él y sólo para Él.

Jesús eucaristía expuesto en el Santísimo Sacramento es el pan vivo bajado del cielo, un pan que se hace uno como nosotros para vivir en los entresijos de nuestra vida, para enseñarnos a amar como Él, para hacernos pan partido y repartido en y para la comunidad. Siendo sacramento de comunión en donde muchos granos se hacen uno sólo. Un pan que viene hasta nosotros a enseñarnos cómo se sirve y no a ser servidos, a decirnos con su ejemplo cómo se ama, pero no superficialmente, sino hasta el extremo, no sólo con sentimientos hermosos, no únicamente con bellas palabras, sino yendo más allá, aprendiendo a ser siervos como él y tener la valentía de “agacharnos” y “ceñirnos” la toalla como él lo hizo para estar siempre a los pies de las hermanas y de los hermanos. Y lavarlos, besarlos, acariciarlos porque “cuando amamos al prójimo limpiamos los ojos para ver a Dios” (Comentario al evangelio de san Juan 17,8). Es hermoso vivir el reto diario de saber ser eucaristía para los otros, manifestado en las múltiples maneras de amar, dando rienda suelta a la creatividad y a la aventura de pedir ser otras hostias y teniendo los mismos sentimientos de Jesús manifestado en gestos concretos.

El sol de la eucaristía nos revela a través de sus rayos ese calor, esa gracia de la que primero hemos sido inundadas, para después ser vivos testigos de su amor. Así la monja se entrega, se muele, se transforma en  polvo enamorado y se hace pan, en la cotidianidad de su vida, en medio de sus hermanas, entre los hombres con los que se relaciona y se llegan a ella, a su pobreza a pedir oraciones, a beber de la fuente que es Cristo, de cuyas aguas ha sabido antes beber ella misma para intentar ser canal, y a saciar el hambre de Verdad de sus hermanos y de cuyo pan ha procurado alimentarse antes para después saber nutrir del verdadero alimento que sacia y hacer de él un instrumento de Su paz, de Su amor y liberación, sabiendo que “cuando se come a Cristo se come la Vida” (Sermón 112,4-5).

La eucaristía es la cátedra desde donde la monja aprende a mirarse y a ser mirada para poder ver a los demás no con sus propios ojos sino con los ojos de Dios. Ella también quiere ser pan y vino y llegar a tener los mismos sentimientos que Cristo el Señor, la persona que le ha hecho experimentar eso de “Me amó y se entregó por mi” (Gal 2,20). Desde allí sabe que su vida debe ser alabanza de Su gloria, a ello ha dedicado su existencia. La eucaristía en el Jueves Santo enciende su pasión por Dios y le hace cantar, adorar y sublimar su presencia hacia Él. “Cantar es propio de quien ama y la voz del cantor amante es el fervor de un amor santo” (Sermón 336).

Por Hna M. Alicia Correa Fernández – Monasterio Stmo. Corpus Christi de Granada (España)

Leído 200 veces Modificado por última vez el Viernes, 01 June 2018 10:03
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