Homilía Dominical Agustiniana

Semana Santa (14/04/2019)  

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

Isaías 50, 4-7 / Salmo 21, 8-9.17-18a.19-20.23-24 / Filipenses 2, 6-11 / Lucas 22, 7.14-23,56 ó 22, 66a; 23, 1b-49

“Cristo quiso padecer por nosotros. Dijo el apóstol Pedro: Cristo quiso padecer por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas (1 Ped 2,21). Te enseñó a padecer y te enseñó padeciendo. Poco era la palabra, sin añadir el ejemplo. Y, ¿cómo enseño, hermanos? Colgaba de la cruz, los judíos se ensañaban con él, que colgaba de duros clavos, pero no perdía la dulzura. Ellos se ensañaban, ellos ladraban en torno suyo, ellos insultaban al que colgaba. Como a un médico supremo puesto en el centro, rabiosos, lo atormentaban por todos lados. Él colgaba y sanaba: Padre —dijo—, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23, 34). Suplicaba y también colgaba; no descendía, porque iba a hacer de su sangre un medicamento para los rabiosos. En resumen: porque las palabras del Señor que pedían misericordia eran del mismo que las escuchaba, ya que pedía al Padre y junto con el Padre escuchaba, esas palabras no pudieron pronunciarse inútilmente, y después de su resurrección sanó a aquellos enfermos a quienes toleró expiando.” (S. 284, 6)

“De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe.

Para que la fe no decayera en medio de las tentaciones, dijo el Señor: Vigilen y oren para no entrar en tentación (Lc 22, 46). ‘Vigilen, dijo, y oren para no entrar en tentación’. ¿Qué es entrar en tentación sino salirse de la fe? Tanto avanza la tentación cuanto decae la fe. Tanto decae la tentación cuanto avanza la fe. Pero para que vean más claramente que el Señor dijo: Vigilen y oren para no entrar en tentación, refiriéndose a la fe, para que no decayera y pereciera, dice el Evangelio en el mismo lugar: Esta noche, Satanás pidió zarandearlos como al trigo; yo he rogado por ti, Pedro, para que tu fe no decaiga (Lc 22, 31-32). ¿Ruega quien defiende, y no ruega quien está en peligro?” (S. 115, 1)

“Pedro, que sigue siempre los pasos de Cristo, se confunde y lo niega; es mirado por Jesús y llora; y el llanto limpia lo que el temor había contaminado. Aquello de Pedro no fue un abandono, sino una enseñanza. Al ser interrogado si amaba al Señor, sin duda presumió en su interior de ser capaz incluso de morir por él. Esto lo había atribuido a sus propias fuerzas; y si no hubiera sido abandonado un momento por aquél que lo cuidaba, no habría alcanzado el conocimiento de sí mismo. Se atrevió a decir: Estoy dispuesto a dar mi vida por ti (Lc 22, 33). Se jactaba de estar dispuesto a dar su vida por Cristo el presuntuoso por el cual el Libertador no había aún dado la suya. Después, cuando lo impresiona el temor, como el Señor lo había predicho, niega tres veces a aquel por el que había prometido estar dispuesto a morir. Y como está escrito, el Señor lo miró. Y él lloró amargamente (Lc 22, 61-62). Era amargo el recuerdo de las negaciones para que resultase dulce la gracia de la redención. Si él no hubiera sido abandonado, no habría negado; si no hubiera sido mirado, no habría llorado. Dios reprueba a cuantos presumen de sus propias fuerzas y, como médico, amputa ese tumor de aquellos que ama. Amputándolo ciertamente causa dolor, pero luego robustece la salud. Y es así que el Señor resucitado confía sus ovejas a Pedro, a aquel que lo había negado. Lo había negado por ser un presuntuoso; más tarde fue pastor por ser un amante. ¿Por qué razón interroga tres veces al que lo ama, sino para que se duela por las tres veces que lo negó? De este modo, por la gracia de Dios, Pedro realizó luego lo que antes, cuando se fiaba de sí mismo, no pudo hacer.” (S 285, 3)

 

Selección: Fray José Echávarri, oar
Traducción: Gerardo García Helde