DÍA DE LA RECOLECCIÓN: 436 AÑOS BUSCANDO LO ESENCIAL
La Familia agustino recoleta se prepara para celebrar el 436 aniversario de la Recolección Agustiniana el 5 de diciembre. Con motivo de esta conmemoración, el Prior general, Fr. Miguel Ángel Hernández Domínguez, ha compartido un mensaje en el que reflexiona sobre el significado profundo de la Recolección en el contexto del cercano Año Jubilar de 2025, cuyo lema es «Peregrinos de la esperanza». Este lema, afirma el Prior general, conecta profundamente con el carisma de la Recolección, un viaje hacia la plenitud en Dios y hacia el interior de cada persona.
Fr. Miguel Ángel describe al recoleto como un peregrino, no solo del camino exterior hacia Dios, sino también del camino hacia el interior del alma, un «peregrinar activo por el que el hombre disgregado y desparramado por la herida del pecado, movido por la gracia, entra dentro de sí mismo, donde ya lo está esperando Dios». Esta llamada es una invitación a cuestionar nuestro entorno y buscar la verdad, a no conformarnos con la superficialidad, y a mantener siempre viva la llama de una insatisfacción creativa que nos impulse al crecimiento espiritual.
El Prior general también reflexiona sobre la importancia del silencio, la soledad y la oración como pilares de la vida recoleta, ya que estos nos permiten entrar en las profundidades de nuestro ser y establecer un encuentro verdadero con Dios. «La soledad no representa una huida ni una forma de escapar de las personas; al contrario, es la creación de un espacio único que permite ir al encuentro consigo mismo y, a su vez, con Dios. La soledad implica comparecer con valentía ante el propio misterio, que a menudo resulta ser difícil de aceptar». Este misterio, nos recuerda Fr. Miguel Ángel, «solo se puede acoger con el corazón». El silencio, lejos de ser ausencia de palabras, es «la capacidad de adquirir la sensibilidad necesaria para escuchar la voz de Dios» y conocer mejor nuestro propio corazón.
«Muchos mal llamados peregrinos, en realidad, no pasan de meros turistas»
En este 436 aniversario, el Prior general nos invita a recordar que no somos «turistas» en nuestra vida espiritual, y agrega: «Muchos mal llamados peregrinos, en realidad, no pasan de meros turistas». La verdadera recolección no se conforma con la comodidad de una vida sin compromisos; al contrario, es un llamado a ser «peregrinos de la esperanza», aquellos que buscan constantemente a Dios y que comparten el amor y la misericordia con sus hermanos.
La Recolección es un recordatorio de que la búsqueda de Dios no se limita a lo trascendental, sino que también debe abarcar nuestras relaciones humanas, buscando siempre un corazón más fraterno y dispuesto a construir una sociedad más justa y compasiva.
El Papa Francisco, citado por Fr. Miguel Ángel, insta a toda la Iglesia a ser una Iglesia en pie, no una Iglesia sentada; una Iglesia que escucha el grito de la humanidad y actúa, una Iglesia que «camina con el Señor por las sendas del mundo» llevando la luz del Evangelio.
En esta línea, el Prior convoca a toda la familia agustino recoleta a ser tejedores de esperanza, una esperanza que se manifieste en acciones concretas y en la atención a los más necesitados.
«Anhelemos una sociedad capaz de compadecerse, perdonar y mirar al prójimo con misericordia; una sociedad que tenga como motor de vida al Dios que se hizo hombre y pasó por este mundo sembrando esperanza en el corazón de cada hombre».
En este aniversario, celebremos la riqueza de nuestra identidad como recoletos: una comunidad que no se conforma, que vive la fe intensamente y que comparte la esperanza. La Recolección, hoy más que nunca, es un llamado a construir un camino hacia dentro, para encontrar la paz de Dios y compartirla con los demás.
Puede leerse el texto completo del mensaje, en español, ingles y portugués, haciendo «clic» AQUÍ.
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HOMENAJE A MONS. JOSÉ LUIS AZCONA HERMOSO
El 20 de noviembre de 2024, falleció Mons. José Luis Azcona Hermoso, obispo emérito de la Prelatura de Marajó, en Brasil, a los 84 años. Su partida ha generado un profundo pesar y múltiples expresiones de reconocimiento por parte de autoridades civiles, eclesiásticas y sociales.
El gobernador del estado de Pará, Helder Barbalho, decretó luto oficial de tres días en honor a Mons. Azcona, destacando su incansable lucha en defensa de los derechos humanos y su entrega a las comunidades más vulnerables del Marajó. En un comunicado oficial, Barbalho expresó:
«La partida de Dom Azcona deja un legado de justicia y compromiso social que perdurará en la memoria de nuestro pueblo».
La Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) también emitió una nota oficial de condolencias, resaltando la valentía y dedicación pastoral de Mons. Azcona en la Amazonía. El presidente de la CNBB, Dom Walmor Oliveira de Azevedo, lo describió como «un verdadero pastor que entregó su vida al servicio de los más necesitados, siendo un ejemplo de fe y coraje para todos nosotros». En su mensaje, la CNBB destacó el papel de Mons. Azcona en la lucha contra el tráfico de personas y la defensa de los derechos de niños y adolescentes, además de su valiosa contribución a la conferencia episcopal, particularmente como predicador del retiro espiritual de los obispos brasileños en 2018.
Organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales también recordaron a Mons. Azcona como un aliado en la lucha contra la explotación y la trata de personas. La Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) enfatizó su apoyo a las comunidades rurales y su firme denuncia de las injusticias sociales en la región amazónica.
«Un verdadero pastor que entregó su vida al servicio de los más necesitados, siendo un ejemplo de fe y coraje para todos nosotros.»
Los actos fúnebres comenzaron en la iglesia de San José de Queluz, en Belém do Pará, donde cientos de fieles y autoridades se reunieron para despedir al obispo emérito. El Arzobispo de Belém, Alberto Taveira Corrêa, junto a obispos de la región y numerosos sacerdotes, presidió la misa de cuerpo presente el 21 de noviembre, marcando el último adiós a un pastor que dedicó su vida a la misión evangelizadora y a la defensa de los más vulnerables.
Posteriormente, su cuerpo fue trasladado a la ciudad de Soure, en la isla de Marajó. Allí, el nuevo obispo de de la Prelatura, Mons. José Ionilton Lisboa de Oliveira, presidió el funeral y el sepultamiento. Simón Puertas, en representación del Prior Provincial de la Provincia Santo Tomás de Villanueva, que se encuentra en Perú, acompañó las celebraciones.
Azcona fue sepultado en Soure, cumpliendo su deseo de descansar junto a las comunidades que tanto amó y sirvió. Mons. Cizaurre, agustino recoletos y obispo emérito de Bragança, destacó “la valentía y dedicación de Mons. Azcona en la defensa de los más vulnerables, señalando que su legado perdurará en la Iglesia y en las comunidades que sirvió. Asimismo, recordó momentos compartidos en su labor pastoral y la profunda amistad que los unía”.
Durante el tiempo que estuvo ingresado en el hospital de Belem, Mons. Azcona recibió la imagen peregrina de Nuestra Señora de Nazaret y bendijo al pueblo de Pará.
La partida de Mons. José Luis Azcona Hermoso deja una huella indeleble en la Iglesia y en la sociedad brasileña, recordado como un defensor incansable de la dignidad humana y un ejemplo de entrega y compromiso con los más desfavorecidos. Su legado permanecerá como fuente de inspiración para las generaciones futuras.
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EL CÁNTICO NUEVO: UNA ALABANZA PARA EL HOMBRE RENOVADO
En este texto, San Agustín nos invita a cantar un «cántico nuevo» al Señor, una alabanza que surge de un corazón renovado por la gracia divina. Este cántico no se trata simplemente de palabras bien entonadas, sino de una expresión sincera y jubilosa que va más allá del lenguaje, reflejando la grandeza de un Dios inefable. Para San Agustín, el verdadero canto es el júbilo, un sonido que expresa lo que las palabras no pueden. Así, nos anima a vivir de tal manera que nuestra vida misma se convierta en una alabanza a Dios, llena de amor y gozo auténticos.
De los comentarios de san Agustín, sobre los salmos
(Salmo 32, sermón 1, 7-8: CCL 38, 253-254)
Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo. Despojaos de lo antiguo, ya que se os invita al cántico nuevo. Nuevo hombre, nuevo Testamento, nuevo cántico. El nuevo cántico no responde al hombre antiguo. Sólo pueden aprenderlo los hombres nuevos, renovados de su antigua condición por obra de la gracia y pertenecientes ya al nuevo Testamento, que es el reino de los cielos. Por él suspira todo nuestro amor y canta el cántico nuevo. Pero es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo. Cantadle un cántico nuevo, cantadle con maestría. Cada uno se pregunta cómo cantará a Dios. Cántale, pero hazlo bien. Él no admite un canto que ofenda sus oídos. Cantad bien, hermanos. Si se te pide que cantes para agradar a alguien entendido en música, no te atreverás a cantarle sin la debida preparación musical, por temor a desagradarle, ya que él, como perito en la materia, descubrirá unos defectos que pasarían desapercibidos a otro cualquiera.
¿Quién, pues, se prestará a cantar con maestría para Dios, que sabe juzgar del cantor, que sabe escuchar con oídos críticos? ¿Cuándo podrás prestarte a cantar con tanto arte y maestría que en nada desagrades a unos oídos tan perfectos? Mas he aquí que él mismo te sugiere la manera cómo has de cantarle: no te preocupes por las palabras, como si éstas fuesen capaces de expresar lo que deleita a Dios. Canta con júbilo. Éste es el canto que agrada a Dios, el que se hace con júbilo. ¿Qué quiere decir cantar con júbilo? Darse cuenta de que no podemos expresar con palabras lo que siente el corazón.
En efecto, los que cantan, ya sea en la siega, ya en la vendimia o en algún otro trabajo intensivo, empiezan a cantar con palabras que manifiestan su alegría, pero luego es tan grande la alegría que los invade que, al no poder expresarla con palabras, prescinden de ellas y acaban en un simple sonido de júbilo. El júbilo es un sonido que indica la incapacidad de expresar lo que siente el corazón. Y este modo de cantar es el más adecuado cuando se trata del Dios inefable. Porque, si es inefable, no puede ser traducido en palabras. Y, si no puedes traducirlo en palabras y, por otra parte, no te es lícito callar, lo único que puedes hacer es cantar con júbilo. De este modo, el corazón se alegra sin palabras y la inmensidad del gozo no se ve limitada por unos vocablos. Cantadle con maestría y con júbilo.
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VIVA CRISTO REY
Lecturas: Daniel 7,13-14; Salmo 92,1ab.1c-2.5: “El Señor reina, vestido de majestad”; Apocalipsis 1,5-8; Juan 18, 33b-37: “Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.
En este último domingo del año litúrgico confesamos a Cristo como Rey. Es una fiesta instituida por el papa Pío XI en 1925 y un título atribuido a Cristo difícil de explicar con justeza, ya que, como decía un filósofo —y en el caso de Cristo esto es completamente cierto—, las palabras son pobres vasijas incapaces de contener nuestras ideas y sentimientos.
Decimos Rey y sentimos que la palabra nos puede llegar contagiada de poder, autoridad, dominio, ambición, paternalismo, prestigio humano, vanidad, derroche, corrupción, anacronismo, en estos tiempos tan democráticos.
Sea lo que sea, eso apenas nos vale para entender bien a las claras lo que queremos decir de Cristo, porque —lo acabamos de oír en el Evangelio—, Jesús le responde a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”. Como si quisiese añadir: “Yo solo he tomado la envoltura de la palabra, pero después de haberla vaciado meticulosamente de todo su contenido, hasta hacer imposible cualquier mínima semejanza con la imagen de grandeza y realeza que vosotros soléis tener y soñar”.
Así es. Para Cristo, ser rey no es un título de pompa, sino una misión de servicio. Él no viene a aguarle la fiesta a nadie ni a competir con los poderes de este mundo. Sólo pretende ser testigo de la Verdad, sin armas, sin estrépito de carros de combate, sin misiles de cabezas nucleares.
La prueba más concluyente de que Jesucristo no es rey como nosotros lo esperamos es que muchas veces huye cuando el pueblo lo quiere aclamar como tal; en Jerusalén no entra a lomos de un soberbio caballo y coronado del laurel del poderoso, sino en un humilde burrito y en el nombre del Señor, y san Juan nos evangeliza del todo cuando nos señala la cruz como el trono del Rey de Reyes, desde donde quiere ejercer su poderío y adonde desea atraer a todos.
El reino de Cristo es presencia, comprensión, conocimiento, sencillez, cercanía y servicio. Se trata de un reino donde ya no hay diferencias ni distancias; donde la justicia no es un sueño, sino una realidad gozosa, donde vemos a Dios no como a un rival o a un ser celoso de nuestra felicidad, sino como a un Padre tierno que se preocupa de nuestras cosas y nos quiere congregar a todos en su casa; donde las bayonetas y los cañones no tienen ya nada que decir y la paz es mucho más que una simple paloma; donde la verdad y el amor ya no nos dan miedo y somos capaces de llamar al pan “pan” y al vino “vino” y de dejarnos crucificar por el bien de los hermanos, al estilo del Señor.
¡Qué difícil entender el Reino de Cristo! Pero por ahí van los tiros, es decir, que de mandamases hay que pasar a servidores, y de reyes a siervos de todos por amor.
¡Qué paradójica la escena de Jesús ante Pilato! ¡El juez convertido en reo, y la Verdad interrogada y crucificada por el poder de la fuerza! Pero el final aclara la situación: La Verdad reinará desde la cruz, a pesar y por encima de la fuerza.
Ser Rey para Jesucristo es ponerse a la cola. Definir su misión como “dar testimonio de la verdad” significa que su experiencia de amor con el Padre no se impone nunca por la fuerza de la violencia ni por ninguna “guerra santa”, sino por su capacidad de convicción, por el atractivo del amor.
Ojalá lo sepamos entender y seamos capaces de vivir este reino anunciado por Jesucristo, reino de amor y salvación definitiva, reino de luz y de verdad.
Para eso, nada mejor que decir muchas veces:
— “Venga a nosotros tu Reino, Señor”.
Y, por descontado, nadie tiene que ver la realeza de Cristo con lo del refrán:
— “Reyes y gatos son bastante ingratos”.
A quienes lo siguen y viven su evangelio, Jesucristo los sentará a su mesa en el banquete eterno de su gloria, en el Reino nuevo que construimos ahora y gozaremos luego.
Adaptación de un texto del agustino recoleto Santiago Marcilla (1950-2016)
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FALLECE MONS. JOSÉ LUIS AZCONA, TESTIMONIO DE SERVICIO Y EVANGELIZACIÓN
Con profunda tristeza, la Orden de los Agustinos Recoletos ha conocido el fallecimiento hoy, 20 de noviembre de 2024, de Monseñor José Luis Azcona Hermoso, que deja un vacío en ella difícil de llenar y una huella imborrable en la Iglesia, a la que sirvió, de manera destacada y comprometida, en la misión pastoral y en defensa de los derechos humanos que desarrolló en la Amazonía brasileña.
Un legado de servicio en la Amazonía
Mons. José Luis Azcona nació en Pamplona (España) el 9 de marzo de 1940, pero vivió con su familia en el pueblo navarro de Dicastillo y cursó su educación secundaria en San Sebastián. Ingresó en la Orden de los Agustinos Recoletos y profesó el 22 de septiembre de 1961 en Monachil (Granada). En la capital de esta provincia estudió Teología. Fue ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1963 en Roma. Siguió con posterioridad sus estudios de Teología Moral hasta conseguir, en 1965, el doctorado en el Instituto de Teología Moral de los Redentoristas (Alfonsiano) de la Universidad Lateranense de Roma.
Los cargos más destacados que desempeñó a lo largo de su carrera eclesiástica fueron, entre otros, los de prior provincial de la Provincia de Santo Tomás de Villanueva (1975-1981), vice-maestro de novicios en el Desierto de la Candelaria, Colombia (1982) y maestro de novicios en Los Negrales, Madrid (1983).
En 1985 marchó a la misión de Marajó, en Brasil. Dos años más tarde, concretamente el 5 de abril de 1987, fue ordenado obispo de la Prelatura de Marajó. En ella, lideró incansablemente las labores de evangelización y trabajó para proteger a las comunidades más vulnerables de la región. Destacó, asimismo, por su lucha contra la explotación humana, la trata de personas y los abusos a los que se enfrentaban los habitantes de la Amazonía.
Unidos en oración
Durante su misión, Mons. José Luis Azcona asumió riesgos e hizo frente a muchas amenazas debido a su postura valiente que mantuvo contra las injusticias. De hecho, su promoción de la justicia social y del cuidado del medio ambiente lo convirtió en un modelo de compromiso cristiano.
La Orden y la Iglesia recuerdan con gratitud su vida de oración, su compromiso y entrega al servicio de los últimos, de los más necesitados.
Pedimos a todos que se unan en oración por su descanso eterno, confiando en que su legado y testimonio apostólico seguirán inspirando a muchos en la búsqueda del Reino de Dios.
Puedes leer esta entrevista del año 2012 a Mons. José Luis y ver esta entrevista del 2022.
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SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS: “LAS BIENAVENTURANZAS SON LA FORMA, LAS ACTITUDES, LOS COMPORTAMIENTOS PARA SER SANTO”
En el Evangelio de hoy hemos escuchado el pasaje de las bienaventuranzas, pero ¿cuál es el título que en la Biblia acompaña a este pasaje? La sección del evangelio de Mateo que empieza con las bienaventuranzas se suele titular: “El Reino de Dios en palabras”, y en concreto el epígrafe o subtítulo que lleva este pasaje es: “La auténtica felicidad”.
Entonces, ¿qué es el reino de Dios? ¿Cómo podemos ser plenamente felices? ¿Qué tiene que ver el Reino de Dios con la felicidad? ¿Por qué la Iglesia nos propone este texto en la conmemoración de todos los santos y santas de Dios?
El Reino de Dios no es otra cosa más allá de lo que indican sus palabras: el reino de Dios es el lugar donde Dios reina. Y es cierto que donde verdaderamente Dios reina es en el cielo, pero no es menos cierto que ya aquí, en la tierra, en nuestro mundo, podemos empezar a hacer realidad el reino y que Dios reine en nuestro corazón, en nuestras vidas…
Podemos ya empezar a hacer que Dios sea el que guíe nuestras actitudes y comportamientos. ¿Y cómo hacerlo? Viviendo las bienaventuranzas.
Todos sabemos, que cuando Dios reina, cuando Dios es el centro, la auténtica felicidad está garantizada porque la verdadera felicidad es estar junto a Dios. Y esta es las razón por la que la Iglesia nos propone hoy este pasaje evangélico de las bienaventuranzas como evangelio.
Las bienaventuranzas recogen la forma, las actitudes, los comportamientos con los que nuestros familiares, nuestros amigos, y cualquier persona que ahora esté gozando de la vida eterna, han tenido que vivir.
E, igualmente, las bienaventuranzas nos recuerdan las actitudes y comportamientos con los que debemos nosotros afrontar la vida y vivir nuestra relación con Dios y con los demás para que Dios reine en nuestras vidas y algún día también nosotros podamos descansar y tener la felicidad plena junto a Dios como hoy la tiene los santos y santas de Dios.
Creer en el Reino de Dios es resistirse a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Hay que creer que Dios está conduciendo, hacia su verdadera plenitud, los deseos de vida, de justicia y de paz que se encierran en nuestros corazones.
Creer en el Reino de Dios es rebelarse con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos consigan otra vida donde ya la pobreza y el dolor, la tristeza y las lágrimas de impotencia y de infelicidad queden enterradas para siempre.
Creer en el Reino de Dios es acercarse con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, con necesidades especiales físicas y/o psíquicas, a los tantos hundidos en la depresión y la angustia —la pandemia real de nuestro tiempo—, cansados de vivir y de luchar.
No podemos resignarnos a que Dios sea para siempre un “Dios oculto”, del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No nos podemos hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No podemos resignarnos a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío.
El plan de vida escondido en las bienaventuranzas, estas pautas de vida que Dios nos propone a sus seguidores para afrontar la vida, a veces, o muchas veces no es fácil de interpretar y de traducir a la vida ordinaria. Pero debemos seguir intentándolo. Una cosa que nos puede ayudar a entender el mensaje de las bienaventuranzas es el cambiar la palabra “dichosos” por la palabra “ánimo”:
- Ánimo a los que os sabéis necesitados de Dios, porque Dios nunca os abandonará.
- Ánimo a los que estáis tristes y deseáis ser consolados, porque si ponéis vuestro corazón en Dios, Él os reconfortará.
- Ánimo a los humildes, porque vuestra será la felicidad prometida por Dios.
- Ánimo a los que no juzgáis y sois misericordiosos con los demás, porque Dios será infinitamente más misericordioso con vosotros.
- Ánimo a los que tenéis un corazón limpio porque Dios se os transparentará tal cual es.
- Ánimo a los que construís la paz y lucháis contra toda injusticia, porque seréis llamados santos y santas de Dios.
- Ánimo a los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque Dios reinará en vuestras vidas.
Una última clave para entender bien el mensaje evangélico de hoy: todo va referido a que seamos pobres de espíritu. Pero ¿quiénes son los pobres de Dios? Pobre es el que no tiene lo necesario para vivir. Pero aquí no se refiere a que seamos personas sin recursos sino a que reconozcamos con humildad que no tenemos por nosotros mismos lo necesario para alcanzar la vida eterna y que reconozcamos que estamos necesitados de Dios.
Así, los pobres de espíritu confían y esperan todo de Dios frente a esa otra actitud de considerarse autosuficiente, orgulloso, vanidoso y prepotente, “sobrado”, aún peor si lo hacemos comparándonos a los otros y pisoteando para medrar.
En conclusión, todos somos aptos para vivir el reino de Dios, todos podremos llegar algún día a la plena felicidad si vivimos como los pobres de Dios, si el espíritu de las bienaventuranzas son nuestras actitudes básicas de la vida.
Y, por cierto, en estos tiempos nuestros que corren, de violencia e imposición por la fuerza de unas ideas a otras, de unas naciones y pueblos a otros, de unas religiones a otras, de unos líderes a otros, se podría añadir una bienaventuranza más:
- Ánimo a los que defendéis la vida, porque vosotros tendréis vida eterna.
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LA SANTIDAD NO ES UNA EXCEPCIÓN, SINO UNA LLAMADA PARA TODOS
Cada 1 de noviembre, la Iglesia celebra la festividad de Todos los Santos, un momento para honrar la santidad vivida a lo largo de los siglos y recordar que todos los cristianos, sin excepción, están llamados a la santidad. Esta festividad nos invita a reflexionar sobre el camino de vida que la santidad representa y a encontrar en el testimonio de los santos un modelo inspirador para nuestra vida cotidiana.
«Nuestra vida como cristianos debe reflejar su santidad para que no exista contradicción entre la fe que profesamos y las acciones que llevamos a cabo.»
La santidad es el don más grande de Dios a su pueblo, y mediante el sacramento del bautismo, todos los fieles reciben la invitación a convertirse en santos. Lejos de ser un ideal inalcanzable, esta vocación es una meta cotidiana que se manifiesta en actos de bondad, en la observancia de los mandamientos y en la vivencia de las bienaventuranzas. Como afirmó el Papa Benedicto XVI, la santidad es, ante todo, el reflejo de la persona de Cristo, su Evangelio y sus sacramentos. En este sentido, nuestra vida como cristianos debe reflejar su santidad para que no exista contradicción entre la fe que profesamos y las acciones que llevamos a cabo.
La festividad de Todos los Santos nos recuerda que la santidad no es una excepción, sino una llamada universal. San Pablo se dirigía a los primeros cristianos llamándolos “amados de Dios, llamados a ser santos”, subrayando así que el camino de la fe está destinado a ser una transformación constante hacia la santidad. Para los cristianos, este camino consiste en unirse íntimamente a Cristo, siendo conscientes de que el don de la santidad es también una responsabilidad que debe vivirse cada día.
«La festividad de Todos los Santos nos recuerda que la santidad no es una excepción, sino una llamada universal.»
Esta festividad es también una oportunidad para dar gracias por los muchos ejemplos de santidad que Dios ha sembrado en su Iglesia. Los santos, hombres y mujeres que, a través de su entrega y amor, encarnaron el Evangelio de Jesús, son para nosotros una inspiración. Santa Mónica, san Agustín, santa Rita y tantos otros santos nos enseñan que la santidad se cultiva a lo largo de la vida y que todos, sin importar nuestra vocación, podemos alcanzarla. La vida de cada santo refleja la gracia de Dios y la disposición a vivir en comunión con su voluntad, convirtiéndose en faros de luz y esperanza para todos nosotros.
Celebrar a Todos los Santos es agradecer el don de la santidad que Dios concede a cada bautizado. Es un recordatorio de que cada uno de nosotros está invitado a participar en esa misma vocación, a vivir el Evangelio en la cotidianidad, en la oración, en el servicio y en la caridad. Como nos dice el Apocalipsis, “El que es santo, siga santificándose” (Ap 22,11). Que el ejemplo de los santos nos motive a vivir nuestra fe con autenticidad y dedicación, para que, como ellos, podamos caminar hacia la plenitud de la vida en Cristo.
«Celebrar a Todos los Santos es agradecer el don de la santidad que Dios concede a cada bautizado.»
En esta festividad de Todos los Santos, renovemos nuestro compromiso de vivir el llamado a la santidad en cada momento de nuestra vida, en cada acto de servicio y en cada oportunidad de amor. Que la vida de los santos sea nuestro guía, y que nosotros, como Iglesia, podamos reflejar juntos la presencia de Dios en el mundo, hasta encontrarnos en la ciudad de Dios, en comunión y alegría eterna.
Fr. Antonio Carrón de la Torre, OAR
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COMUNIÓN, PARTICIPACIÓN Y MISIÓN: HACIA UN NUEVO HORIZONTE ECLESIAL
La XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada en el Vaticano del 2 al 27 de octubre de 2024, ha marcado un hito en el desarrollo de una Iglesia cada vez más sinodal y cercana a las realidades humanas contemporáneas. Bajo el lema «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión», el documento final de la Asamblea propone un modelo renovado de Iglesia, que se define por el caminar juntos, la escucha recíproca y una misión compartida. Este evento es la culminación de un proceso sinodal que comenzó en 2021, con el objetivo de repensar la estructura y el papel de la Iglesia en un mundo cambiante.
El corazón de la sinodalidad: comunidad y misión
La primera parte del documento final se centra en el concepto de sinodalidad como el modo natural de ser Iglesia. La sinodalidad no solo se refiere a una estructura de gobierno o a una serie de reuniones, sino que es una forma de vivir la fe, que involucra a todos los miembros de la Iglesia, desde los fieles laicos hasta los pastores. Se pone énfasis en que la comunidad cristiana debe ser un «pueblo de Dios» en el que cada miembro pueda aportar, ser escuchado y formar parte activa de la vida eclesial.
La comunidad cristiana debe ser un «pueblo de Dios» en el que cada miembro pueda aportar, ser escuchado y formar parte activa de la vida eclesial.
La Asamblea señaló que una Iglesia sinodal es una comunidad que aprende a caminar junta, tanto hacia adentro, fortaleciendo sus relaciones, como hacia afuera, respondiendo a las necesidades del mundo. Este «caminar juntos» implica un renovado compromiso con la justicia social, la paz y la reconciliación, inspirado en el Evangelio y con el objetivo de ser una luz para toda la humanidad. Además, se destaca que la sinodalidad tiene como finalidad promover una misión que se ejerza de manera corresponsable, donde todos, sin excepción, sean protagonistas del anuncio del Evangelio.
La conversión de las relaciones y de los procesos
Uno de los elementos clave del documento es la llamada a la conversión de las relaciones, tanto entre los fieles como entre las distintas instancias de la Iglesia. Se insiste en la importancia de relaciones basadas en la escucha y el respeto, promoviendo una mayor inclusión de las voces tradicionalmente marginadas, como las mujeres, los jóvenes y aquellos en situaciones de vulnerabilidad social o económica. La sinodalidad implica un esfuerzo consciente para superar las divisiones y fomentar una comunidad eclesial inclusiva y compasiva.
La conversión también se refiere a los procesos de toma de decisiones dentro de la Iglesia. En el texto se subraya la necesidad de adoptar formas de discernimiento comunitario, basadas en la transparencia y la rendición de cuentas, que permitan a la comunidad participar activamente en las decisiones que afectan a su vida y a su misión. El discernimiento se presenta como una práctica fundamental para mantener la fidelidad al Evangelio, evitando que los intereses particulares prevalezcan sobre el bien común.
La sinodalidad implica un esfuerzo consciente para superar las divisiones y fomentar una comunidad eclesial inclusiva y compasiva.
Además, el documento subraya la importancia de una estructura eclesial capaz de garantizar procesos efectivos de consulta y decisión, que reflejen la diversidad de voces y la participación de todos los sectores del Pueblo de Dios. El reto es lograr que las decisiones sean verdaderamente fruto de una escucha profunda y comunitaria, inspirada por el Espíritu Santo.
La espiritualidad sinodal como profecía social
El documento también destaca que la sinodalidad no solo tiene implicaciones eclesiásticas, sino que también es una profecía para la sociedad. En un contexto mundial marcado por el individualismo, la polarización y la desconfianza en las instituciones, la Iglesia se propone como un signo de unidad y un espacio donde las personas puedan experimentar la fraternidad y el apoyo mutuo. La sinodalidad es vista como un testimonio contracultural que busca inspirar nuevas formas de relación humana, orientadas al bien común y al cuidado del planeta, nuestra casa común.
La dimensión social de la sinodalidad tiene el potencial de ofrecer respuestas concretas a los desafíos globales, como la crisis ambiental, las desigualdades económicas y la exclusión social. Al vivir el espíritu sinodal, la Iglesia puede ser un ejemplo de cómo superar las divisiones, mediante el diálogo y la colaboración, creando redes de solidaridad y apoyo que contribuyan a la construcción de una sociedad más justa y equitativa.
La dimensión social de la sinodalidad tiene el potencial de ofrecer respuestas concretas a los desafíos globales.
Próximos pasos y desafíos
Finalmente, el documento concluye que el camino sinodal no se detiene con el cierre de la Asamblea, sino que requiere una aplicación concreta en las comunidades locales. Las parroquias, las diócesis y las conferencias episcopales son llamadas a seguir este proceso de renovación, implementando formas de escucha y participación efectivas que permitan la construcción de una Iglesia más abierta y acogedora. El reto está en transformar la estructura de la Iglesia desde dentro, para que sea coherente con su misión evangélica y capaz de responder a los signos de los tiempos.
El documento final también invita a las comunidades locales a buscar formas creativas y efectivas de formación en la sinodalidad, que permitan a todos los miembros de la Iglesia comprender y vivir este proceso. Se destaca la importancia de la formación en el discernimiento espiritual, para que todos los fieles puedan ser parte activa del proceso de toma de decisiones y contribuyan al crecimiento de la comunidad.
Se destaca la importancia de la formación en el discernimiento espiritual.
El documento final de la XVI Asamblea General del Sínodo de los Obispos representa una invitación a toda la Iglesia a ser verdaderamente sinodal: una comunidad de hermanos y hermanas, diversa pero unida, abierta a la acción del Espíritu Santo y comprometida con la misión de anunciar el Evangelio al mundo. Este momento sinodal se presenta como una oportunidad para redescubrir la identidad comunitaria de la Iglesia y renovar su compromiso con la humanidad, especialmente con los más pobres y marginados. La sinodalidad no es simplemente una metodología de trabajo eclesial, sino una manera de ser Iglesia que refuerza el sentido de pertenencia y corresponsabilidad en la misión común de anunciar el Reino de Dios.
Fr. Antonio Carrón de la Torre, OAR
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MENSAJE DEL PRIOR GENERAL A LA FRATERNIDAD SEGLAR AGUSTINO RECOLETA CON MOTIVO DE LA FIESTA DE SANTA MAGDALENA DE NAGASAKI
Que el Dios de la esperanza colme nuestros corazones de alegría y paz.
Estimados hermanos de la Fraternidad Seglar:
Celebraremos la fiesta de Santa Magdalena de Nagasaki, patrona de la Fraternidad Seglar Agustino-Recoleta. Como cada año, les hago llegar estas letras para animarlos a vivir con fidelidad y renovado entusiasmo la vocación a la que el Señor los ha llamado. Es importante recordar que la Fraternidad Seglar es, precisamente, una vocación para vivir el bautismo en la comunidad eclesial.
Este año, la Orden ha reflexionado sobre el valor de las cosas pequeñas. El lema que ha presidido nuestras casas ha sido una frase de San Agustín: «Si aspiras a lo grande, comienza por lo pequeño». A veces, cuando observamos la vida de los santos, sentimos que son tan inmensos y grandiosos que nos resultan inalcanzables. Esto puede llevarnos a pensar que la santidad no es para nosotros. Sin embargo, olvidamos que la santidad se forja pieza a pieza, granito a granito, gesto a gesto, con la gracia de Dios. La santidad está hecha de pequeñas cosas realizadas con mucho amor. Recuerden que incluso el vaso de agua dado en nombre de Cristo no quedará sin recompensa.
La santidad no depende tanto de lo que hacemos, sino de cómo lo hacemos, del amor que ponemos en cada acción que realizamos.
La santidad no depende tanto de lo que hacemos, sino de cómo lo hacemos, del amor que ponemos en cada acción que realizamos. Por eso tenemos santos que fueron pescadores, agricultores, pastores, comerciantes, profesores, amas de casa, porteros, reyes o príncipes.
La santidad no se compra, se adquiere amando, y por eso está al alcance de todos.
La santidad no es propiedad exclusiva de los sabios ni de los grandes oradores, por eso hay santos analfabetos y muchas personas sencillas y humildes de corazón.
La santidad no es patrimonio exclusivo de aquellos que abandonan todo para seguir a Jesús en la vida religiosa o sacerdotal, sino de quienes no abandonan a Dios de sus vidas.
La santidad no está reservada a quienes hablan con retórica y elegancia, sino a quienes aman y hablan con el corazón, olvidándose de sí mismos para ayudar al prójimo.
La santidad no tiene nada que ver con el estado de vida, por lo que tenemos santos casados, solteros, viudos y consagrados.
La santidad no tiene restricción de edad, pues hay santos niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos.
La santidad tampoco está condicionada por la posición social; habita en el suburbio y en el centro de la ciudad, en el campo y en la urbe, en la sierra y junto al mar.
La santidad no tiene ideología ni bandos. No perjudica la salud, por lo que puede ser practicada sin riesgos por jóvenes que buscan emociones fuertes, o por quienes esperan el amor en un lecho de hospital.
La santidad no consiste en hacer milagros, ni en entregar el cuerpo a las llamas, ni en hablar la lengua de los ángeles, sino en AMAR.
Santa Magdalena de Nagasaki es un ejemplo inspirador de cómo los pequeños actos pueden tener un profundo impacto en la vida de las personas y en la historia.
Al mirar la vida de nuestra querida Magdalena de Nagasaki, no caigan en la tentación de alejarse al contemplar su admirable y excelsa existencia. Su vida, como la de todos nosotros, se fue construyendo día a día, con pequeños gestos. El martirio de Magdalena fue la culminación de una vida vivida con sencillez, fidelidad y entrega generosa. La fidelidad de hoy, la lucha contra las tentaciones de hoy nos prepara para la victoria de mañana.
Santa Magdalena de Nagasaki es un ejemplo inspirador de cómo los pequeños actos pueden tener un profundo impacto en la vida de las personas y en la historia. Nacida en tiempos de gran adversidad, se destacó por su valentía y dedicación a los demás. En una época de persecución de la fe cristiana en Japón, ella y otros mártires demostraron que incluso los gestos más pequeños de amor y compasión pueden ser faros de esperanza.
Magdalena fue testigo del martirio de sus padres y de los frailes recoletos. Podría haber elegido apostatar o huir para evitar el mismo destino, pero prefirió esconderse en los montes junto a otros hermanos en la fe. En esos montes, Magdalena consoló a los afligidos, fortaleció a los desanimados, catequizó corazones, sirvió como intérprete para los agustinos recoletos, y oraba con la comunidad perseguida, manteniendo viva la llama de la fe. No realizó grandes hazañas ni buscó reconocimiento, pero su corazón, lleno de amor, desbordaba en pequeños actos de bondad. Y esos pequeños actos de amor están al alcance de todos nosotros, que estamos hechos del mismo barro de Magdalena: el barro de la fragilidad, de la pobreza, del miedo, de la duda y del desánimo. Somos barro, pero también capaces de amar, y ahí reside el milagro, pues con ese amor podemos transformar todo. Somos capaces de vivir con pasión y con alegría, de anhelar, soñar y transformar las cosas, de convertir nuestra flaqueza en una fortaleza por ese amor que todo lo transforma. Somos barro, sí, pero podemos ser reflejo del alfarero que hace de cada uno de nosotros una pieza única y magnífica. Somos barro, sí, pero barro enamorado….
La historia de Santa Magdalena nos recuerda que cada pequeño gesto cuenta.
En nuestra vida cotidiana, a menudo nos sentimos abrumados por los grandes problemas que nos rodean; sin embargo, la historia de Santa Magdalena nos recuerda que cada pequeño gesto cuenta. Una sonrisa, una palabra amable, una llamada, una visita al enfermo o anciano, o simplemente estar presente en la vida de quien nos necesita, son acciones que pueden transformar el día de otra persona. Como Magdalena, podemos aspirar a lo grande comenzando por lo pequeño que tenemos a nuestro alcance.
Que al renovar las promesas que un día hicieron, comprendan que el Señor nos llama, en nuestro estado y condición actual, a vivir la santidad de las pequeñas cosas.
¡Feliz fiesta de Santa Magdalena!
CDMX, 16 de octubre de 2024.
Fr. Miguel Ángel Hernández, OAR
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25 AÑOS DEL VICARIATO APOSTÓLICO DE TRINIDAD, CASANARE
El próximo 29 de octubre celebraremos los 25 años de la erección canónica del Vicariato Apostólico de Trinidad, Casanare. Fue el papa San Juan Pablo II, quien el 29 de octubre de 1999 suprimió el Vicariato Apostólico de Casanare y al mismo tiempo en su territorio erigió la diócesis de Yopal y el Vicariato Apostólico de Trinidad. Durante este mes misionero, conoceremos un poco de este territorio de misión, encomendado a la Orden de Agustinos Recoletos por el Papa León XIII, el 17 de junio de 1893; del que San Ezequiel Moreno fue su primer Vicario Apostólico.
El Vicariato está comunicado con el interior del país por carretera y por los ríos Pauto y Meta con los poblados más alejados de la región, al menos en el tiempo de lluvias. La región es un típico territorio misional. Las condiciones de trabajo de los religiosos y demás evangelizadores son difíciles. Quedan lugares donde aún no se ha llegado o se ha llegado sólo esporádicamente. La extensión del territorio tiene una superficie aproximada de 27.075 Km² y una población cercana a los 70.000 habitantes.
El Vicariato abarca en su totalidad los municipios de Trinidad, San Luis de Palenque, Orocué y Maní, las zonas orientales de Hato Corozal, Paz de Ariporo y la zona sur del municipio de Tauramena.
La atención pastoral del territorio continúa encomendada a los religiosos Agustinos Recoletos, quienes están dispuestos a continuar en este territorio como colaboradores en la obra misionera de la Iglesia Colombiana y de la Orden. La sede del Vicario está ubicada en el pueblo de Trinidad, de donde toma su nombre el Vicariato.
Trinidad es de fundación colonial, cuna de próceres de la independencia nacional. Pueblo con larga tradición parroquial y misional. Es la población más desarrollada de toda el área central del llano casanareño. Relativamente importante como puerto fluvial sobre el río Pauto, que desemboca al importante río Meta.
Su actual Vicario Apostólico es Mons. Héctor Javier Pizarro Acevedo, religioso de la Orden de los Agustinos Recoletos, nombrado el 23 de octubre de 2000.
LAS HUELLAS DE NUESTRO SANTO RECOLETO
«¡Son Los Llanos, Los Llanos…!», exclamaron los guías.
Detuviste el caballo frente a la inmensidad.
«¡Son Los Llanos, Los Llanos…!», con fervor repetías,
alumbrados tus ojos de interior claridad.
Ya siembra tu espiga, ya hay cosecha en el Llano,
los trigales maduros ya reclaman tu hoz…
Aún esperan que vuelvas, el cayado en la mano,
las ovejas que añoran el metal de tu voz.
Con versos encendidos como éstos evocaba el recoleto Serafín Prado la emoción de san Ezequiel a la vista de Los Llanos de Casanare; una emoción que todos sus hermanos de hábito compartirán siempre, dado el arraigo que esta misión tiene en la historia de la Orden.
DATOS HISTÓRICOS
Desde que, en julio de 1662, la Real Audiencia de Bogotá encomendara a los candelarios las misiones del Oriente colombiano, Casanare ha sido siempre parte integrante y la más preciada del patrimonio de la Orden en Colombia. Desde que san Ezequiel Moreno pone pie allí para restaurar la provincia de La Candelaria, se esfuerza al máximo en recuperar estas misiones. A fines de 1890 lleva a cabo una gira de cuatro meses; una gira de reconocimiento que le sirve también para dar a conocer en la prensa nacional lo que entonces era un rincón perdido del país. Gracias a lo cual, Casanare se convierte en 1893 en la primera jurisdicción eclesiástica misional de Colombia, y san Ezequiel en el primer Vicario Apostólico de Casanare.
El Santo fue obispo de Casanare menos de dos años. Pero a él le sucedió otro agustino recoleto, el padre Nicolás Casas. Y, tras él y hasta el presente, todos los obispos han sido recoletos. El último de ellos, monseñor Olavio López, vio con claridad que lo que venía siendo territorio misional había llegado a la madurez, y el Vicariato podía hacerse diócesis formal. En octubre de 1999 consiguió de la Santa Sede que, con parte del territorio casanareño, se creara la diócesis de Yopal. El resto formaría el Vicariato Apostólico de Trinidad, con sede en la población de este nombre.
Al año siguiente, concretamente el 24 de noviembre de 2000, se dio a conocer el nombramiento del primer obispo Vicario de Trinidad. Era el padre Javier Pizarro, también agustino recoleto. Había nacido en Medellín en 1951 y, a lo largo de su vida religiosa, se había dedicado principalmente a la formación de los jóvenes aspirantes. Lo mismo que san Ezequiel, fue consagrado en la catedral de Bogotá, el 27 de enero de 2001, para tomar posesión de su sede en Trinidad el día 11 de febrero.
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